Madrid , 30 de Julio de 2014

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Ruta de : PARQUE DEL RETIRO

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Cuando Felipe II estableció su corte en Madrid en 1561, los terrenos que ocupa en la actualidad el Parque del Retiro eran tierras de labor, pequeños bosques y campos de jarales. Por estos terrenos pasaba el antiguo camino del Abroñigal, nombre del arroyo que quedaba más al este y cuyo lecho discurría por la actual M-30, hasta su encuentro con la Carrera de San Jerónimo. Entonces había alguna que otra edificación, como algunas ermitas y casas de labor, siendo la más destacada el Monasterio de San Jerónimo el Real, que data del año 1503 y del que sólo se conserva su iglesia. Junto a este monasterio los reyes tenían un Cuarto donde solían retirarse para guardar luto, preparar entradas solemnes en la corte o pasar los momentos previos a los juramentos que recibían los príncipes. Es precisamente este retiro de los reyes lo que le dio nombre a este lugar y con el que hoy denominamos al parque. Felipe II ensanchó este cuarto real creando nuevas galerías, torres y jardines, y lo aisló del exterior con fosos. Así estuvo esta pequeña posesión real hasta que en 1630 el conde duque de Olivares, ministro privado de Felipe IV, decidió fundar allí un lugar de recreo para los soberanos. Para este propósito se adquirió una vasta extensión de terrenos que había junto a la huerta del monasterio de los jerónimos y de una casa de aves que los madrileños llamaban el Gallinero. La proximidad a este Gallinero dio lugar a no pocas suspicacias con el nombre de la nueva fundación real, hasta el punto de publicarse una orden real que oficializaba la posesión con el nombre del Buen Retiro y prohibía toda alusión al gallinero. El nuevo complejo de recreo constituido por jardines, remozadas ermitas y el estanque grande que hoy se conserva, fue inaugurado en la noche de San Juan de 1631 con fastuosas celebraciones. Pero Olivares quiso ir más lejos y en su beneficio político convenció a Felipe IV de la conveniencia de construir en el Buen Retiro un palacio real de recreo. El nuevo Real Sitio del Retiro alcanzaría una superficie cercana a las doscientas hectáreas, extendiéndose por el norte hasta la Puerta de Alcalá, por el sur hasta el Monasterio de Nuestra Señora de Atocha, por el este hasta una de las bifurcaciones del antiguo camino de Vicálvaro –hoy avenida de Menéndez y Pelayo-, y por el oeste hasta el Prado Viejo de San Jerónimo –actual Paseo del Prado-.
Las obras empezaron en 1632 con la reforma del Cuarto Real, bajo la dirección del maestro de obras Alonso de Carbonell. Luego se prosiguió la construcción hacia el norte, estructurándose en torno a un gran patio denominado Plaza Principal. Las obras se hicieron con rapidez, de tal manera que hacia 1633 estaba prácticamente terminado. Nuevas edificaciones vinieron a prolongar las obras hasta 1640, añadiéndose la Plaza Grande (1634-1636), el Picadero (1637), el Casón -concebido como Salón de Baile-, y el Coliseo (1638-1640). Además se fueron construyendo los jardines –como la conocida plaza del Ochavado-, mientras que la Corona adquiría nuevas parcelas para incorporarlas al Real Sitio.
La edificación del Palacio del Buen Retiro movilizó a buena parte de los trabajadores de Madrid y su entorno: alrededor de 2.000 personas trabajando durante 11 horas diarias, con unos jornales que oscilaban entre los 8 y los 20 reales. En resumen, 2.000 ducados diarios entre materiales y mano de obra a lo largo de ocho años. El resultado fue un extenso palacio rodeado por jardines con estanques, lagos, canales, casa de fieras, y un coliseo, que hacían las delicias de la monarquía. En el siglo XVIII los borbones añadieron nuevas construcciones: la Fábrica de la China (1759) y el Observatorio Astronómico (1790-1808).
Pero poco iba a durar la fastuosidad de la posesión real. Con la invasión francesa de 1808, la Fábrica de Porcelana de la China se convirtió en centro de operaciones del ejército de Murat y todo el real sitio en un improvisado baluarte defensivo. El desenlace se produjo en octubre de 1812, cuando las tropas británicas del General Hill se enfrentaron a las tropas francesas en una cruenta batalla que redujo a escombros la mayoría de las dependencias del palacio y sus jardines. Sólo se salvaron el Salón de Reinos –hoy Museo del Ejército-, el Casón y un árbol centenario que todavía se conserva en el Parterre.
En los años posteriores se hicieron pocos esfuerzos por adecentar este real sitio. En 1815 Fernando VII ordenó arreglar algunos jardines y la construcción de nuevas dependencias de recreo como el Palacio de San Juan, la Faisanera, la Pajarera, las casas Persa, del Pescador, el Labrador y los Contrabandistas, la Montaña Artificial y en 1830 la Casa de Fieras. Lo más novedoso fue permitir a los madrileños la entrada a la parte del real sitio no reservada para la monarquía, con la observancia de toda una serie de normas de comportamiento. Sin embargo, la parte visitable del parque todavía seguía siendo una escombrera, razón por la que en 1841 se decidió su completa restauración: se remodelaron los jardines, se restauró el Parterre, embarcadero y el estanque de las Campanillas, se aumentó el arbolado y los plantíos, y se arreglaron los caminos y canalizaciones de agua.
El nuevo aspecto del parque no duró mucho tiempo. En 1865 la Corona se vio obligada a ceder buena parte de los terrenos del real sitio para edificar la barriada de Alfonso XII. De forma similar, durante el gobierno de la Primera República (1873) fueron segregados los terrenos del antiguo Olivar de Atocha para crear el entonces llamado barrio del Pacífico, que se extendería entre el recién creado paseo de la Reina María Cristina y la avenida de la Ciudad de Barcelona. Pero no sólo se fue recortando la extensión de la antigua posesión real, nacionalizada durante el sexenio revolucionario (1868-1874) y denominada Parque de Madrid, sino que también por iniciativa del Duque de Fernán Núñez se decidió en 1874 abrir el paseo de coches con la consiguiente merma de espacios ajardinados y tala de árboles.
Desde entonces el Parque del Retiro ha mantenido sus dimensiones, sigue siendo uno de los espacios más frecuentados por los madrileños y constituye un auténtico pulmón para la ciudad. En sus numerosas instalaciones se ofrece un amplio repertorio cultural, deportivo y de ocio. Anualmente sus paseos acogen durante la última quincena de mayo la Feria del Libro de Madrid, se celebran numerosas exposiciones y actos culturales en los palacios de Velázquez y de Cristal, en la Casa de Vacas, la Montaña de los Gatos, el Teatro de Títeres y el quiosco de música. Con un talante más informal, numerosos grupos de música, malabaristas y cómicos amenizan al visitante a su paso por las inmediaciones del embarcadero. Igualmente cuenta con gran variedad de instalaciones deportivas, como la Chopera (fútbol, baloncesto, balonmano), el estanque (piragüismo, remo y paseos en barca), además de otras instalaciones para la gimnasia que están distribuidas por el parque, junto a sus numerosos paseos y caminos que suelen utilizar patinadores, ciclistas y corredores de fondo. Si lo que quiere el visitante es pasear, leer y disfrutar del desasosiego nada mejor que refugiarse en sus numerosos jardines (la Rosaleda, los jardines de Cecilio Rodríguez, el Parterre) o disfrutar de un tentempié en sus relajantes terrazas.
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