Madrid , 24 de Octubre de 2018

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Dirección: Calle de Bailén, 2, 4 y 6.

Tras el incendio de la nochebuena de 1734 que redujo a cenizas el Alcázar de los Austrias, Felipe V dispuso la construcción de un nuevo palacio que albergara la sede de la corte borbónica.
La traza del nuevo palacio fue encargada al italiano Filippo Juvara, quien vino a Madrid en 1735 para hacerse cargo de su construcción. Desde un principio, Juvara tuvo en su mente la realización de un gran palacio comparable con el de la corte de Versalles, y proyectó un colosal edificio tres veces mayor que el actual.
Evidentemente, el emplazamiento del antiguo Alcázar era inadecuado para una obra de tal envergadura, por lo que dispuso que fuera construido en los altos de San Bernardino, en torno a la actual calle Isaac Peral. Pero Felipe V, rechazó inexplicablemente el proyecto de Juvara, imponiéndole que el nuevo palacio fuera construido sobre el solar del antiguo Alcázar.
Tras la muerte de Juvara en marzo de 1736, Felipe V quiso que fuera su discípulo Juan Bautista Sachetti quien adaptara el proyecto de Juvara al solar del antiguo Alcázar. Este emplazamiento era mucho más pequeño que el elegido por su maestro, por lo que Sachetti tuvo que modificar notablemente el proyecto inicial, haciendo vertical, lo que Juvara había proyectado como horizontal. A Sachetti por tanto, se le debe el diseño de la planta general, que sería cuadrada y dispuesta entorno a un solo patio principal rodeado de un pórtico y galería con nueve arcos de frente en cada lado.
Las obras comenzaron el 7 de abril de 1738 utilizando para ello materiales que resistieran al temido fuego; esto es, la caliza de Colmenar, el granito de Guadarrama y el ladrillo, limitando el uso de la madera a lo estrictamente necesario.
Durante los primeros años su construcción fue lenta, de tal manera que cuando Fernando VI sube al trono en 1746 sólo se había realizado la planta baja del edificio, así como las bóvedas que soportaban el suelo de la planta principal.
No será hasta la llegada de Carlos III en 1759 cuando se dé el impulso necesario para la finalización las obras, sobre todo tras poner el proyecto bajo la dirección del arquitecto Francisco de Sabatini, a quien ordenó que en breve pusiera el palacio en condiciones de habitarlo. Así se hizo, y el 1 de diciembre de 1764 Carlos III y su familia se convirtieron en sus primeros moradores, aunque aún faltaba mucho para terminarse, ya que sus obras se prolongaron durante más de un siglo.
Durante el siglo XIX destacaron sobre todo dos obras; el cierre de la plaza de la Armería, realizado por Narciso Pascual y Colomer durante el reinado de Isabel II, y la realización del comedor de gala por José Segundo de Lema en 1880.
Por fin, en 1892, las obras pueden darse por terminadas tras el derribo de las caballerizas de Felipe II por el entonces arquitecto de palacio Enrique María Repullés y Vagas, quien cerró con una verja la plaza de la Armería.
El resultado de este largo proceso histórico es, sin ninguna duda, uno de los palacios más bellos de Europa, ya no solo por su arquitectura, sino también por las numerosísimas obras de arte que decoran sus salas y que fueron realizadas por los mejores artistas del momento.
Ya la escalera principal que da acceso al palacio es toda ella una magnífica obra de arte. Realizada por Sabatini en mármol, es de tres ramales, y sus peldaños son de una pieza. Lo más notable de esta escalera son los célebres frescos realizados por Conrado Giaquinto y que representan el triunfo de la religión y de la Iglesia católica, a quien España rinde homenaje. En un principio, la escalera estuvo situada en el lado izquierdo, pero cuando Carlos IV es proclamado rey, ordenó a Sabatini cambiarla a su actual emplazamiento, situado a la derecha.
Sobre lo que era la antigua escalera, se abrió el llamado Salón de Columnas, en donde también podemos observar un magnífico fresco de Giaquinto que representa el Nacimiento del sol, y la alegría de la Naturaleza.
El salón más importante es sin ninguna duda el Salón del Trono, también llamado de Besamanos, o de los Embajadores. Situado en el centro de la fachada principal, está todo ello revestido de terciopelo carmesí bordado en oro. En su bóveda, se encuentra el magnífico fresco de Juan Bautista Tiépolo, que representa a la Monarquía española asistida por las virtudes y rodeada de sus diversos estados. En este salón, se encuentran además exquisitas esculturas procedentes del antiguo Alcázar como los leones situados a ambos lados del trono, los Siete planetas, y las del Sátiro y el Germánico. Destacan también los espejos, procedentes de la Real Fábrica de la Granja, así como las arañas de cristal de roca, adquiridas en 1780 en Venecia.
Destacan también el Salón de Gasparini, de estilo rococó -llamado así en recuerdo a su autor, Matías Gasparini-, así como la Capilla Real, en el ala norte, realizada por Ventura Rodríguez entre 1748 y 1757 y dedicada al Arcángel San Miguel.
A las ya descritas habría que sumar otras estancias como el Salón de Tapices, el de los Espejos, el Comedor de gala, la Sala de Porcelana, o la Real Botica, todas ellas decoradas con riquísimas arañas, muebles, relojes, colgaduras, y notabilísimos cuadros y objetos del más refinado lujo, que hacen del Palacio Real de Madrid un enorme museo digno de visitarse.
Por último, aunque desde Carlos III hasta Alfonso XIII fue habitado por los reyes, y más tarde por los presidentes de la II República, desde 1939 se reserva a ceremonias y actos oficiales, siendo en la actualidad uno de los bienes custodiados por Patrimonio Nacional.
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